martes, 25 de abril de 2017

El desarrollo de vivienda en México




Las casas de interés social que se desarrollan para el sector más grande de la población mexicana son conocidas por su pobre calidad y alto costo para quien la adquiere. Sin embargo, existe otra forma de desarrollar vivienda para este sector: la producción social.

En la primera forma, el interés está en hacer negocio. Poco o nada importa quién habitará el espacio, mucho menos se intenta integrarle en el diseño y la construcción del mismo. En tanto con la segunda se persigue el desarrollo de comunidades, preservar la cultura y dignificar la vida de las personas. 

Estas dos maneras de abordar el desarrollo de vivienda son las que en mayor y menor medida se han dado en México durante las últimas cinco décadas. Así lo deja de manifiesto el libro “Hacia un hábitat para el buen vivir” (Rosa Luxemburg Stiftung, México 2016), del arquitecto Enrique Ortiz Flores, quien ha dedicado su vida profesional al impulso de la producción social de vivienda. 

Esta forma de construcción habitacional (incluida en la Ley de Vivienda) toma en cuenta la creatividad, anhelos y necesidades de los futuros habitantes desde las primeras etapas de su planeación. También echa mano de sus habilidades y conocimientos para la construcción del espacio y busca formas asequibles y acordes a las posibilidades de la gente para que adquiera su casa. Se considera la realidad de la persona, más allá de imponer una tasa de interés que convierte en impagable para muchos la deuda adquirida.

Sin embargo, esta es “una forma de producción que queda fuera de la lógica empresarial y de mercado” expresa Ortiz, así que aunque en México hay ejemplos de zonas de vivienda que fueron planeadas para generar beneficio social –que incluso son referente internacional–, la mayoría de las construcciones en el país se hacen sin considerar a la gente, sus dinámicas y cultura.

En su lugar se producen mini casas en serie, en fraccionamientos a las afueras de las ciudades que con el paso del tiempo se observan vacíos pues resultan tanto impagables como imprácticos. Su lejanía obliga a invertir gran parte del presupuesto familiar en transporte o gasolina; además, los hijos se quedan solos, lo que los expone a mayores riesgos que a mediano y largo plazo derivan en problemáticas sociales.

En contraste, para el arquitecto Enrique Ortiz, la producción social de vivienda trae consigo beneficios como la reducción del rezago, prevención del delito, acercarnos a un modelo urbano sustentable y cumplir con uno de los derechos básicos de todo ser humano: el derecho a vivienda, pero no solo eso, a una vivienda digna.





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