martes, 25 de abril de 2017

Diseño de redes Hidráulicas



El acceso al agua potable es uno de los derechos fundamentales del ser humano, de ahí la importancia de su eficiente distribución. Para garantizar que la población recibe agua de forma constante y sin contaminarse, el diseño de la red es determinante, por ello la

Organización Panamericana de la Salud ha establecido, entre otros, los siguientes criterios a considerar en su diseño:

  • Horarios de uso – Diseñar la red para el caudal máximo horario.
  • Zona – Identificar dónde hay construcciones domiciliarias, públicas, comerciales e industriales, entre otros elementos.
  • Vías - Considerar el tipo de terreno y las características de la capa de rodadura.
  • Aguas negras - Las tuberías de agua potable deben ir por encima del alcantarillado de aguas negras (a 1,00 m horizontalmente y 0,30 m verticalmente). Evitar su contacto con líneas de gas, poliductos, teléfonos, cables u otras.
  • Presión del agua - Debe ser suficiente para que el agua pueda llegar hasta las viviendas más alejadas del sistema, que no origine consumos excesivos y no produzca daños a la red.
  • Velocidad - Debe garantizar la autolimpieza del sistema (rango de 0,5–1,00 m/s).
  • Materiales – Las tuberías deben se resistentes a la corrosión, esfuerzos mecánicos, presiones, golpes y deben tener una vida útil según lo previsto para el proyecto.
  • Válvulas – Determinar la ubicación y cantidad de válvulas para aislar un tramo de la red, purgar lodos o reducir la presión del agua.


Ya en las viviendas, la calidad del agua se puede preservar al utilizar tinacos y cisternas Aquaplas. 

Los tinacos cuentan con tapaderas de rosca, completamente herméticas, así como recubrimientos que impiden el paso de la luz ultravioleta, de manera que se evita la formación de bacterias en el agua.

Por su parte, las cisternas están hechas de polietileno de alta resistencia que impide las filtraciones al subsuelo. 

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Ciudades Prósperas


Productividad, desarrollo de infraestructura urbana, calidad de vida, equidad e inclusión social, sostenibilidad ambiental, así como gobernanza y legislación urbana. Estos son los seis indicadores que desde el año pasado se evalúan en 153 ciudades de México.

El Instituto del Fondo Nacional de la Vivienda para los Trabajadores (Infonavit) y el Programa de las Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos (ONU-Hábitat) comenzaron así su colaboración para la creación del Índice de Ciudades Prósperas (ICP, por sus siglas en inglés).

El objetivo de este índice es llamar la atención sobre aspectos que aportan cierto nivel de bienestar y calidad de vida a la población. La información que arroja este estudio sirve para detectar aquellos aspectos que se han dejado de lado y, por lo tanto, que evitan el desarrollo próspero de la sociedad.

Los resultados obtenidos permitirán planear y tomar decisiones en torno al mejoramiento de la calidad de vida de los mexicanos, relativa a los espacios que habitan, el diseño de las urbes y cómo se mueven en su ciudad.

Visibilizar el estado en el que se encuentra cada ciudad es primordial, si realmente se busca mejorar. Por ello, el primer estudio realizado en México en 2016 incluyó 153 ciudades, equivalentes al 93% de la población urbana. Para este año se incorporarán otras 153 más.

Hoy se apuesta al desarrollo de vivienda como la pieza clave para el desarrollo sostenible de México. Al respecto, Joan Clos, director Ejecutivo de ONU-Hábitat expresa: “El proyecto de urbanización no es una lista de problemas a resolver, sino una estrategia de prosperidad urbana”.

De esta manera, a partir de este año se espera un mayor impulso a los desarrollos habitacionales de calidad, bien planeados, bien construidos y bien ubicados.









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Calidad Vs Cantidad



Si el dinero no fuera una limitante y te ofrecieran una casa de 34 o 40 m2, a las afueras de la ciudad, donde no hay hospitales, escuelas o comercios cercanos, ni pasara por ahí transporte público, ¿la comprarías?

Esa es la oferta que en general se ha hecho para el sector más vulnerable de la población mexicana. Casas mal construidas, con materiales de baja calidad, o en el mejor de los casos, ubicadas lejos de todo, obligando a sus habitantes a incurrir en gastos mayores para acercarse a la zona donde realizan sus actividades productivas y de esparcimiento.

En México sí hay créditos y “facilidades” para adquirir una casa. Tan solo el Infonavit ha otorgado en lo que va del año 113,798 créditos y desde 1972 ha dado 9’471,884. A esto se suman los créditos que otorgan otras instituciones como Fovissste. Además, durante 2017 se prevé construir 400 mil viviendas. Sin embargo, estos alcances parecen obedecer solamente al interés de fomentar tanto la inversión como el empleo que esta industria genera, equivalente al 6% del PIB nacional.

Una vivienda digna –bien ubicada y con servicios urbanos- “parece estar negada para quienes no tienen una casa y cuyos ingresos son mínimos”, menciona el arquitecto Antonio Toca, y en contraste destaca, como garbanzo de a libra, la labor realizada por su colega Enrique Ortiz en la promoción de la construcción de vivienda que realmente considera las necesidades y posibilidades económicas del sector social más desfavorecido. Incluso, sus iniciativas han impulsado la construcción mediante cooperativas, con la opinión y mano de obra de los futuros habitantes.

Recientemente, un ejemplo de esfuerzos que priorizan la construcción con calidad es el Programa Mejoramiento Barrial y Comunitario, por el cual el Gobierno de la Ciudad de México recibió el premio “Eduardo Campos”, por parte del Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Este programa ha ejecutado más de 5 mil proyectos de recuperación de espacios que están en precarias condiciones urbanas, así como la creación de espacios comunes como ciclovías, foros culturales, centros laborales y de capacitación, e iniciativas de preservación del medio ambiente.

Una casa pensada en una infraestructura urbana, como la que se plantea en CDMX, que permite crear comunidad, cohesión social y participación es el tipo de esfuerzos que realmente crean bienestar social a largo plazo, más allá de construir por reactivar una economía de forma inmediata.






El desarrollo de vivienda en México




Las casas de interés social que se desarrollan para el sector más grande de la población mexicana son conocidas por su pobre calidad y alto costo para quien la adquiere. Sin embargo, existe otra forma de desarrollar vivienda para este sector: la producción social.

En la primera forma, el interés está en hacer negocio. Poco o nada importa quién habitará el espacio, mucho menos se intenta integrarle en el diseño y la construcción del mismo. En tanto con la segunda se persigue el desarrollo de comunidades, preservar la cultura y dignificar la vida de las personas. 

Estas dos maneras de abordar el desarrollo de vivienda son las que en mayor y menor medida se han dado en México durante las últimas cinco décadas. Así lo deja de manifiesto el libro “Hacia un hábitat para el buen vivir” (Rosa Luxemburg Stiftung, México 2016), del arquitecto Enrique Ortiz Flores, quien ha dedicado su vida profesional al impulso de la producción social de vivienda. 

Esta forma de construcción habitacional (incluida en la Ley de Vivienda) toma en cuenta la creatividad, anhelos y necesidades de los futuros habitantes desde las primeras etapas de su planeación. También echa mano de sus habilidades y conocimientos para la construcción del espacio y busca formas asequibles y acordes a las posibilidades de la gente para que adquiera su casa. Se considera la realidad de la persona, más allá de imponer una tasa de interés que convierte en impagable para muchos la deuda adquirida.

Sin embargo, esta es “una forma de producción que queda fuera de la lógica empresarial y de mercado” expresa Ortiz, así que aunque en México hay ejemplos de zonas de vivienda que fueron planeadas para generar beneficio social –que incluso son referente internacional–, la mayoría de las construcciones en el país se hacen sin considerar a la gente, sus dinámicas y cultura.

En su lugar se producen mini casas en serie, en fraccionamientos a las afueras de las ciudades que con el paso del tiempo se observan vacíos pues resultan tanto impagables como imprácticos. Su lejanía obliga a invertir gran parte del presupuesto familiar en transporte o gasolina; además, los hijos se quedan solos, lo que los expone a mayores riesgos que a mediano y largo plazo derivan en problemáticas sociales.

En contraste, para el arquitecto Enrique Ortiz, la producción social de vivienda trae consigo beneficios como la reducción del rezago, prevención del delito, acercarnos a un modelo urbano sustentable y cumplir con uno de los derechos básicos de todo ser humano: el derecho a vivienda, pero no solo eso, a una vivienda digna.